lunes 2 de noviembre de 2009





TELEVISIÓN NACIONAL DE CHILE Y SUS CUARENTA AÑOS DE RECUERDOS IN PÚRIBUS
Escribe Carlos Amador Marchant




Una cantidad de imágenes de índoles distintas, de gritos, de ritos antiguos, me nacen, me llegan, cuando la TV Nacional celebra sus 40 años de existencia. Debe ser, tal vez, por el traslado de la pobreza de un pasado, a la tecnología de un presente dudoso.
Lo que ha estado haciendo TVN es recordar lo que vivieron los chilenos que hoy por hoy circulan por los 60 años de edad. ¡Qué manera de recordar¡
Esta lógica tiene que ver con un análisis de nuestra idiosincrasia, y traslada al mismo tiempo a una situación en donde ni yo sé quien fui o usted sabe qué vivió. Paradoja.
Por esta u otras razones, me he quedado con los ojos abiertos como hipnotizado, masticando una serie de cereales, pasando por los maníes, almendras, nueces. Cada uno de éstos, en cambio, me saben a poco. Son tantas cosas que se han vivido y son tan pocos, en cambio, los cereales.
Estamos hablando de haber vivido.
TVN nos hace vivir de nuevo hacia atrás.
En el tema de recuerdos tuerzo en ira y me pongo triste.
Tanta barbaridad digo yo, dicen ustedes, dice el viento. Televisión en blanco y negro hasta antes de 1978.
Si bien la televisión se estableció en Chile con canales universitarios desde 1962, ésta empieza a nivel de país desde 1969, acartonada, con un Chile distinto a los nuevos tiempos, una televisión de esfuerzos, de mínimos recursos.
En 1978 llegó a la TV el color. Meses, años antes, una tropa de comerciantes inventivos, como siempre han existido, se las arregló para recorrer el territorio vendiendo pantallas de tres colores, diciéndole a medio mundo que ésa traía el verdadero color a la TV. Miles le compraron, se lucraron. Resultado. Todos pudimos ver los rostros verdes, los cabellos amarillos, las pestañas coloradas, la boca amoratada. Sencillamente queríamos que esa “caja mágica” dejara de verse en negro y blanco. Queríamos ver el color, y esos “genios” nos las vendieron. Yo les compré. Desde ese momento, aprendí a ver los caballos de color rosado. Muchos niños de la época sin conocer a los verdaderos potros, pensaron que estos animales eran de ese color. Pequeños empresarios de fuste, en todo caso, nos dieron esa opción, de imaginar las cosas distintas más allá del tradicional negro y blanco.
Comiendo esos cereales con la cara de ingenuo, me he pasado viendo estos archivos de la historia de nuestro país. ¿Éramos tan pequeños?.
Esta expresión viene después de un sueño incesante, de una tarde.
¿Pero de qué tarde hablo?
Me da escalofríos cuando TVN muestra archivos que fueron sólo de ayer, como de la mañana de ayer o de la tarde de ayer, de un conteo de dedos recientes, y sin embargo, el cutis se nos ha envejecido: De vita et moribus.
Estoy viendo a la Angélica María, a esa mexicana que nos hacía delirar en los años setenta, haciendo de italiana, de la muchacha que venía a casarse a nuestro continente. Veo a los muchachos y muchachas de Música Libre, a las lolas que nos volvían locos con sus movimientos y que al paso de los años nos damos cuenta que no bailaban mucho, que no tenían mucha elasticidad, pero nos volvíamos locos por ver esos programas. Otros envasados nos llegaban de Estados Unidos, entregando los adelantos del momento, las comedias, los pianistas, el bello mundo que parecía renacer.
Desde el lejano Iquique, con tremendas antenas que alcanzaban los diez metros desde el techo lográbamos ver con miles de rayas el Post Data de Raúl Matas, donde en precarias condiciones, hacinados entre vecinos, entre gente que cobraba entradas para ver algunas escenas deformes, veíamos a un jovencito Joan Manuel Serrat cantando “Penélope”, o a los “Ángeles Negros” vestidos de capas. Era la incipiente televisión que nos mantenía desde la hora de salir de clases, arrancando del liceo para sentarnos en el sofá junto al grupo familiar, todos parapetados tomando té con leche y pan con mortadela.
Más escalofríos me da cuando vamos recordando acontecimientos policiales, el periodismo de entonces, donde los profesionales salían a entrevistar gente alargando precariamente los cables del micrófono, sin poder alejarse mucho de la cámara, sin poder correr, en fin.
El escritor y periodista Guillermo Blanco, quien fuera uno de los que le tocó estar en los inicios de TVN, en su libro “Recuerdos no siempre cuerdos”, al referirse al tema de evitar los avisos comerciales expresa: “La televisión llegó a Chile en 1962, durante el gobierno de Jorge Alessandri. Para evitar que su nivel cultural cayera demasiado bajo, se estableció que sólo podrían manejar canales las universidades (eran cinco en todo Chile). Debían financiar la operación sin vender espacios a entidades ajenas ni “poner avisos”. Tampoco se permitían auspicios comerciales a los programas. La idea era garantizar la autonomía del nuevo medio y preservarlo del mercantilismo que lo dominaba en otros países.
Estas y otras precauciones no bastaron.
Bien pronto, los canales descubrieron y usaron resquicios legales para esquivar las normas cuando y como podían. Cada aviso era un gol. No empezaron ganando por goleada. Se usó cierto decoro formal. Por ejemplo: un entrevistador exhibía sobre su mesa dos tazas de seudo café, más la típica lata con el nombre del producto en primer plano. El periodista no mencionaba la marca ni alababa la presunta calidad. Habría sido ir muy lejos. Pero cada tantos minutos hacía un aro y:
-¿se sirve un cafecito?- ofrecía sonriente, mientras en pantalla se veía, inconfundible, la etiqueta del tarro”
Este fue el comienzo de la explosión comercial que existe a la fecha, donde a veces se debe esperar hasta quince minutos de comerciales para poder continuar con alguna programación. Los más valientes son los que se atreven a cambiar de sintonía, los otros prefieren esperar hasta que se acabe el último comercial que, por desgracia, en ocasiones lo repiten tres veces.
Volviendo al tema de los recuerdos entregados por el canal en sus cuarenta años, es preciso expresar y dar gracias a que se han conservado gran cantidad de archivos que fueron protegidos a manotazos durante la dictadura militar, muchos de ellos, por cierto, debieron salir al extranjero para luego ser reproducidos y retornados. De esta forma hemos logrado revivir la barbarie de esos años. Las opiniones atolondradas de ciertos personajes de la televisión, animadores, cantantes, y algunos artistas identificados con el régimen depredador. Esto último, por cierto, produce pánico.
Pero de tanta vida y de tanta desgracia, creo que los chilenos debemos aprender a cuidar nuestra tierra, a alejarnos de los excesos y rivalidades, y ojalá conformar un nuevo país que se engrandezca con sabiduría y lealtad.
Televisión Nacional ha estado mostrando un ciclo programático que nos lleva a recordar, nos retrotrae, nos deja perplejos. Yo camino por las calles a veces cabizbajo, casi como encontrándome con el pasado reciente, casi como alargando una mano tras la otra, pero siempre buscando alguna explicación de la vida.

sábado 26 de septiembre de 2009


Obra pictórica exclusiva para esta crónica de la pintora chilena Luisa Ayala Pinochet

LAS PLAYAS CRUCIFICAN
(En homenaje a un pequeño espacio oceánico que fue y ya no es)

Escribe Carlos Amador Marchant


Me pregunto si los días que transitan por las venas del ser humano están relacionados con brumas, con oídos, con aquellos fierros que se esconden en la parte trasera de la casa. Me pregunto, por otra parte, si cuando volvemos a cosas antiguas no se nos entrometen todas las tristezas de lo inconcluso.
Porque hablar de asuntos pasados tiene el sabor de playas abandonadas. Tiene la penosa historia de seres que estuvieron ahí y que se fueron por el riguroso cambio planetario. Es decir, lo que fue ya no es.
Hoy hablaré de la “Playa de Abajo”. Curioso nombre para una playita que en la amplitud del mundo es un grano de arena. Hacerla grande de nuevo, es como elevar la potencia de una foto digital. Tanta vida depositada sobre el colchón de la nada.
Aquella playa donde la gente maniatada por el sol del desierto salía a refugiarse en esas olas que venían y se escondían en medio de rocas.
Recuerdo cuando mujeres y niños y personas de todas las edades salían a ese diminuto lugar. Iban como guerreros a batalla con sus quitasoles, con bolsas donde albergaban de todo. Y ese todo estaba relacionado con alpargatas, calzoncillos, calcetines y un cuanto hay para doblegar esos soles del desierto chileno.
Iban todos caminando a “La Playa de Abajo”, viajeros de a pie que se desplazaban por las calles del legendario Iquique. Paisanos que olían a tiza, a ropa planchada con artefactos de a carbón. Con camisas que eran de todos los colores, los colores de la pampa, aquellos amarillos y verdes y rojos. Y zapatos color negro que nunca se sacaban, sólo cuando las mujeres suplicaban estar en la “Playa de Abajo” y que por respeto a ella había que desnudarse. Iban todos caminando de a pie como la cabalgata de Pedro de Valdivia auscultando a los originarios de nuestro continente. Iban todos altivos, deseosos, los domingo precarios que tenían fragancia a ninguna fragancia.
Iban todos caminando. Era una caravana. Parece que se ponían de acuerdo y hasta salían a la misma hora.
Aquella playa era diminuta. Especie de roquedales que se entreveraban con las olas, un islote que parecía de gran lejanía y que a la larga simbolizaba siete metros más allá de la orilla. Pero todos eran felices en ese reducto. Se sentían allegados al más grande de los océanos del mundo. Y no había más que ese sitio, era el mar de todos los mares.
Las mujeres vestían de una forma distinta. Ya no eran las señoras de todos los días, aquéllas que iban a comprar verduras al mercado municipal, las que llegaban a las 11 de la mañana sudando con las bolsas pesadas del vital alimento, las mismas que por las noches esperaban a sus maridos traqueteando en esas miserables casas olor a ropa y a petróleo.
Era el domingo, aquel día fome donde las nubes siempre fueron las mismas, donde desde las casas salían aburridas melodías y las calles se encontraban siempre vacías, sin olor a humanos, sino más bien a soledad eterna. Era el domingo aquel en donde las gaviotas curiosamente ya no estaban en el cielo, sino posadas en los roquedales de toda la costa del puerto, como diciendo que ese día y todos los demás domingo, según lo había establecido la naturaleza, la fomedad se haría eterna.
Era el domingo, insisto, de la pereza humana, el cementerio eterno en los ojos de un anciano.
Esa diminuta playa tenía la belleza de todas las bellezas. Las carpas, cientos de carpas que se erigían sobre la arena. Y estaban ahí todas las mujeres del mundo, con todos los hombres del mundo, entregando el alimento que habían preparado en jornadas bellas y difíciles. Estaban los panes con tomates, con atún, los que llevaban paltas con picadillos de cebollas. Eran las tardes del sabor a amor por la tierra.
La “Playa de Abajo” parecía sonreír por tantas visitas. Parecía gozar con tanta pobreza acurrucada.
Al paso del tiempo diminutos empresarios instalaron parlantes, pusieron tuberías en los contornos, levantaron caseríos sobre las rocas. Los fecales de las instalaciones improvisadas hicieron que un pulpo pequeño que vivía en una poza emigrara mar adentro.
Las gaviotas, los pelícanos que se detenían en el islote, lugar donde sólo los niños valientes llegaban alardeando proeza, volaron por tanta bulla de parlantes.
La diminuta fue creciendo y se transformó en un terrón de azúcar circundada por cientos de hormigas. Y entonces los pampinos que descubrieron el sitio se encontraron de repente rodeados por miles de rostros distintos que venían desde otras poblaciones.
La bulla estropeó los arenales, las cañerías empezaron a invadir las rocas, las banderas taparon la risa. El olor a fritanga reemplazó a los panes con cebolla y palta. Los niños ya no conversaban con los niños, porque sus voces no se escuchaban en medio de tanta cumbia nortina.
Más tarde, la legendaria se sintió menospreciada. Parecía que ella había nacido sólo para albergar a los pampinos que la descubrieron, aquéllos que salían de sus casas de la calle O’Higgins.
Y entonces la tristeza invadió los puntos cardinales de Iquique, el puerto pobre de la década del 60, aquel aprisionado por el inmenso cerro de la Cordillera de la Costa.
La tristeza, la misma heredada por todos los chilenos que viven y se desangran en esta larga geografía del “Finis Terrae” como bien lo define Joaquín Edwards Bello: “Estamos colocados al pie de un abismo, limitados por un desierto al norte y las desoladas montañas de nieve al sur; por frente un océano sin fin, y a nuestras espaldas una cordillera cuyo solo aspecto produce espanto espiritual. Nos sentimos asaltados por el poder aterrador de lo infinito más que ningún otro pueblo de la tierra”.
Entonces, de repente, las aguas comenzaron a subir de nivel. Aquéllas que antes se abrían de brazos para los descubridores, de improviso lanzaron latigazos. De la noche a la mañana fue desapareciendo el islote, los hoteles de los empresarios diminutos de la época cayeron al mar, las cañerías se doblaron como un alfiler y las cumbias nortinas se silenciaron.
“La Playa de Abajo” fue aplastada por las olas y no quedó nada sino mar, olas que entraban y entraban. Y el cielo se fue opacando, y los panes de palta con picadillos de cebollas quedaron en los recuerdos de la gente.
Los años pasaron presurosos y los que recordaron la “Playa de Abajo” se fueron al cementerio, sólo desde allí siguieron soñando los domingo.
Más tarde, mucho más tarde levantaron un gran edificio frente a ese mar embravecido. Era el edificio de la nueva Intendencia Regional. Desde esos pisos se podía mirar sólo el mar. Nadie supo que allí existió esa playita.
Quedaron en la arena las pisadas de los que la bautizaron. Los mismos que desde el cementerio guiñan sabiduría del pueblo.

sábado 12 de septiembre de 2009


editor


UN MUNDO DE MULATAS Y LA HISTORIA HUMANA
Escribe Carlos Amador Marchant



Detrás de la vida, dicen, está todo. Otros expresan, detrás de todo está la nada. Entender una cosa con otra, deja boquiabierto a incrédulos.
Pensé un día caminar por las playas del Caribe. Ahí está el todo, dicen algunos. Esas playas que uno observa con arenas blancas, a diferencia de las de las costas chilenas, e imagino las primarias películas del agente 007, cuando Ursulla Andrews salía de las aguas calientes mostrando un calzón que se apretujaba al trasero. De ese tiempo a este tiempo, donde hoy por hoy por Internet se ven mujeres mostrar todo del todo y mucho más, comienza uno a pensar que las playas del Caribe son bellísimas, sin dejar de lado a filósofos jóvenes que dicen: “todo es el letal vino de días triviales”.
A la gran potencia del turismo no les quiero decir que nadie viaje a esos lugares, ni que las famosas luces de la fantasía dejen de ser fantasías, ni que las mujeres, como bien dijo en una canción Ana Belén “En la bailarina no se ve”, tratando de explicar que los hedores y callos y dientes mal higienizados y rostros feos por las mañanas “en la bailarina no se ve”. Son cosas de la vida. Ustedes, señores, tranquilos.
Hoy por hoy, producto de esta cosa que se llama la apertura de naciones, el libre mercado, el neoliberalismo como acuciosamente disparan los que se preocupan por la eternidad de mejores costumbres, y valga decirlo, por este flagelo del planeta que no es irreal, basta que los incrédulos viajen por el mundo y se percaten de tal atrocidad.
Estoy hablando de bellezas del Caribe, aquellas que muchos quisieran ver y que provienen de una historia triste que pasa y transita por la historia de la historia. Nace una pregunta: ¿Alguien viene al mundo para no tener historia? O mejor dicho ¿hay quien nazca sin ella?.
En Valparaíso por estos días se entrelazan bellas mulatas. Cierto es que vienen con deseos de trabajar en el puerto o llegaron con afán de turismo. Lo concreto es que comienza a ponerse interesante este sitio con tanta belleza disímil.
Me las he encontrado en los ascensores de edificios públicos, en las ferias, en el centro de la ciudad.
En la plaza Aníbal Pinto, frente a la Intendencia, lugar donde preferentemente se instalan músicos a entregar ritmo tropical y de otros, dos mulatas bellas pasaban por los alrededores. Una de ellas escuchó la música y se puso a bailar sin mirar a nadie. En los contornos dejó la estela del Caribe. Valparaíso se encendió de repente.
Muchos años atrás Neruda dijo: “Sin negros no respiran los tambores y sin negros no suenan las guitarras”.
Es verdad, las bellezas negras iluminan contornos. Neruda, junto con expresar la traída de la belleza y el ritmo, también habló del sufrimiento de esta hermosa raza en el devenir de los siglos. Porque no sólo llegaron trayendo luz, sino que junto a ella la oscuridad, latigazos y torturas.
Hermoso pudo haber sido que estos africanos más tarde transformados en mulatos, hubiesen llegado a nuestras tierras como lo hacen hoy en día, sonriendo contornos, saboreando el color de las avenidas. Porque me siento seguidor de la belleza negra, parece que siguiera un camino de los no encontrados y en donde se confunde la hermosura con el sufrimiento.
Por más de cuatro siglos, y tras la llegada de Colón a las costas americanas, no conforme con el exterminio de las civilizaciones ya asentadas, no conforme con el ladronaje y el pillaje en cuanto a la riqueza de la tierra, buscan la mano de obra barata para salvaguardar los territorios robados. La solución inmediata, por cierto, fue encadenar a los negros del continente africano y trasladarlos atravesando el atlántico hasta llegar a ser vendidos a los colonos americanos. Fueron millones los que subieron al paso de los siglos a los barcos negreros, miles de ellos lanzados al mar en medio de las travesías. España, Portugal, más tarde Inglaterra, Francia, llevaron las ventajas en cuanto a la trata de negros. Luego la esclavitud, luego la discriminación, no exterminada esta última hasta la primera mitad del siglo 20.
Hablando de esta discriminación interpuesta por la enfermiza visión de los blancos en torno a las “supuestas” “razas inferiores”, recuerdo en mi ciudad de Iquique a un inspector regordete descalificando a todos los morenos que se le atravesaban en el camino. Les gritaba ¡¡indios bolivianos¡¡. Era el temible, el odioso profesor de artes plásticas, el demonio mismo que dejó pésimos recuerdos en los jóvenes de la generación del 70. Producto de tanta maldad, los estudiantes sólo optaron por bautizarlo como “El loco”. El famoso inspector odiaba a los morenos y especialmente a los bolivianos. Traía al presente la nefasta Guerra del Pacífico. Cuando se le presentaba la ocasión los sacaba de los baños y los llevaba por el patio ridiculizándolos. Les replicaba a todo vozarrón: “Indios titicacos, pan con queso”. Lo de titicaco lo entendía por el lago Titicaca de Bolivia. Lo de “pan con queso” jamás pude entenderlo.
Obviamente por mi tez morena alguna bofetada recibí de este demonio. Cuando emigré de Iquique el año 1972 nunca más supe de él. Imagino debe haberse transformado en seguidor de la dictadura militar por sus retrógradas ideas. No sé si habrá muerto. Es mejor no saberlo.
Los africanos fueron poblando América al paso de los años y, por ende, despoblando muchos territorios de África. Los esclavos fueron vendidos por todo el Caribe, y la proporción en lugares como Puerto Rico era de 300 blancos a 6.000 negros. En los cuatro siglos de venta de esclavos hubo muchas sublevaciones castigadas con muertes y torturas.
Pero la historia miente demasiado. La historia está al servicio de los poderosos y del dinero. Andrés Sabella, poeta y escritor chileno, en una de sus brillantes exposiciones en el aula magna de la Universidad de Tarapacá de Arica, en la década del 80, eludiendo ser pisoteado por la bota militar de entonces, hablaba sobre sus temas favoritos: la historia de Chile y América. Nunca tuve frente a mí a un conferencista sin papel ni nada, sólo apoyado por su mente de enciclopedia, el don de la palabra y una voz que no necesitaba de micrófonos. Sabella era capaz de mantener en silencio a un público por más de una hora, y cuando se sentían ruidos de butacas, lanzaba una humorada y todos estallaban en risas. “El duende” como le decían sus cercanos, en su última conferencia en esa universidad antes de morir en el vecino puerto de Iquique, manteniendo por más de dos horas a un público que requería escuchar cosas interesantes en el nebuloso circuito dictatorial, gritó al finalizar su alocución: “¡Pero la historia miente, queridos amigos. Mucho cuidado con ciertos historiadores!” Y se levantó en medio de aplausos.
En torno a estas mentiras es preciso decir que hasta estos días se sigue diciendo que los habitantes de nuestro continente vivían en el atraso y en la pre-historia. Se desconoce con esto una civilización capaz de haber levantado ciudades extraordinarias, ser expertos orfebres y conocer el número cero diez siglos antes que los europeos. Se desconoce tras el exterminio lograr el levantamiento de ciudades comoTenochtitlán, habitada por más de medio millón de seres, Machu Pichu y también pirámides extraordinarias como las del Sol y la Luna.
Luis Vitale grafica esto: “El viejo mundo en el siglo XV, sobretodo España, estaba recién medianamente unificada, bajo el reinado de Fernando e Isabel la Católica. Antes, había sido colonia del imperio romano, del siglo II antes de Cristo al siglo V de nuestra era. A partir del VII, de hecho dominada por el imperio musulmán hasta mediados del siglo XV, lapso en que los ibéricos –y por su intermedio los europeos- pudieron recién conocer a grandes filósofos árabes”.
Me viene Sabella de nuevo: ¡la historia miente!. Es decir, se exterminó a una población que había llegado más de 5 mil años a estos territorios por el estrecho de Behring.
Al mismo tiempo todo esto va en franco beneficio de los grandes capitales en este o en otro tiempo. Las guerras, los trastornos de la naturaleza por parte de la impiedad de los diminutos y poderosos hombres.
En 1945 el Premio Nacional de Literatura Manuel Rojas, expresó en un largo análisis de los poderes al paso de los siglos, específicamente situándose en las guerras de los poderosos y el capitalismo: “No habrá paz en Europa ni habrá en el mundo en tanto el capitalismo sea dueño absoluto de las riquezas del mundo y usufructúen de ellas sólo una mínima parte de la humanidad. En Europa sólo hay ciudades destrozadas (2da. Guerra Mundial) y pueblos hambrientos. ¿Esa es la paz?. Sí, tal vez la paz del imperialismo y la del capitalismo, pero no la paz del hombre. Por lo demás, el imperialismo y el capitalismo no tendrán paz nunca. Tendrán treguas, pero durante esas treguas ellos mismos irán creando, como desde 1918 hasta 1939, las fuerzas que volverán a encontrarse y que finalmente los destruirán, si es que antes no destruyen ellas al mundo”.
Pues bien, yo veo por las calles de Valparaíso caminar a las mulatas, las bellezas que nos llegan del Caribe.
Tras tanta historia y mentiras, no me queda más que observarlas y guardar silencio. Ese silencio cómplice, que dice a la larga amar la belleza por sobre la podredumbre de los humanos.

sábado 29 de agosto de 2009



Los poetas en Dictadura
Escribe Carlos Amador Marchant



Acuciosidad es la palabra para definir el trabajo que hace cinco años nos mostró el poeta nortino Mayo Muñoz, con el nombre de “Poetas en dictadura”.
Alrededor de 70 autores que estuvieron ahí, en los momentos difíciles que nos interponía la bota militar, son los que recopila Muñoz no al dedillo, sino en el fragor de los años y la vida misma y el valioso accionar de guardar cosas en medio del tiempo.
Han pasado muchos años sin hablar de esta publicación y lo hacemos ahora rescatando la perseverancia del autor, quien al mismo tiempo se ha destacado por el esfuerzo de hacer las ediciones con sus propias manos, de lanzar mil ejemplares, en tomos que tienen más de cuatrocientas páginas. Y es que Mayo Muñoz siempre se destacó por esto, por planificar sin importar los años venideros, sino llevando siempre en su mente hacer cosas y cumplirlas contra vientos y maremotos.
Entre tantas y tantas anécdotas que me tocó vivir con este poeta de Illapel, hay una que rescato porque está relacionada con esto de “contra vientos y maremotos”. En su lejana casa de Arica, en esa vivienda humilde a los pies del valle de Azapa, el otrora José Muñoz Olivares (hoy Mayo Muñoz, en honor al mes de los trabajadores del mundo), tenía una pieza atestada de botellas de vidrios. Cada vez que pasaba a visitarlo veía más botellas. Un día llegué y me di cuenta que al paso de los meses éstas llegaban hasta el techo del lugar. Mi curiosidad no se dejó esperar y le consulté para qué las compraba. Me respondió que el 1 de noviembre haría el negocio del siglo, cortaría cada botella y las vendería a las puertas del cementerio como vajillas para depositar flores. Era, por cierto, una idea atractiva para los años.
Ese día de los muertos o de todos los santos, el poeta llegó con su cargamento de vasos de vidrios y se instaló a la mala en medio de los puesteros del lugar, pero con tan mala suerte, con tan pésima suerte, que otros tres comerciantes habían imitado la idea.
Desprovisto de perspectivas para lograr su ansiado negocio del siglo, miró para todos lados y a una hora en que ya sabía que no caerían monedas a sus bolsillos, conversó con un comerciante establecido en el lugar y remató su cargamento de vasos. De esa forma logró recuperar rápidamente, por lo menos, algo de lo que había gastado en las compras de botellas. Mayo siempre fue así, en la derrota o en el triunfo, un hombre ágil de ideas y de físico.
“Poetas en dictadura” es precisamente lo narrado, un texto planificado por muchos años y que vio la luz en el 2004 para, incluso, informarnos de paraderos, de muertes, de gente en el norte de Chile que no hemos visto de mucho tiempo.
La publicación tiene el mérito de rescatar del olvido a 70 almas que estuvieron y vivieron en los momentos álgidos del proceso dictatorial. Tiene la validez, por otra parte, de no olvidarse de nadie, de haber mantenido en el cofre todos los datos y antecedentes de cada autor, a diferencia de muchos (me incluyo) que hemos ido perdiendo libros y archivos en cada lugar del territorio una vez que nos cambiamos de domicilio. Por este texto me enteré, por nombrar a algunos, que el doctor Jaime Barros-Pérez Cotapos, ex senador de la república por la región de Valparaíso, impenitente orador y cronista de diarios con pluma ágil y descubierta, y con quien dialogué en muchas ocasiones sobre el destino de nuestro país, también escribía poesía.
Barros-Pérez Cotapos falleció en Arica en el 2004. Se le negó trabajar en el Hospital Dr. Juan Noé incluso ad honorem. Sin embargo, y menos mal, en 1998 se le declara Hijo Ilustre de esa ciudad.
Este es un libro que nos trae el recuerdo de muchas personas queridas y otras no tanto. Pero no excluye a diferencia de otras publicaciones que son hechas con el dedo de la amistad.
Mayo Muñoz en “Poetas en dictadura” no se preocupa de seleccionar poesía buena o mala, le interesa más bien el contingente de personas que crearon en aquellos momentos difíciles, que estuvieron en las peñas, en las lejanas peñas, conversando y acompañándose en esa soledad y cielo gris. Me atrevo a decir que es este poeta quien mantiene en su poder el mayor archivo de fotos y textos de aquellos años, donde no se escapa ni una gota del acontecer ariqueño.
Al recorrer las páginas de esta compilación voy retrocediendo en el tiempo y veo las calles de esa ciudad como si fuera hoy.
“Poetas en dictadura” representa al mismo tiempo la personalidad de este poeta, un hombre al que siempre le interesó la amistad, el ser humano en su vida cuotidiana, las personas en su mundo no importan las que sean.
Implacable recitador, Muñoz se destacaba en las peñas por la forma de dar a conocer sus versos. Lo hacía con gallardía, con voz socarrona y al mismo tiempo llena de sentimientos, sintiendo cada paso por la tierra, cada sonido de la vida.
Cuando se editó este libro que hoy tengo en mis manos nuevamente, Mayo Muñoz apareció sorpresivamente (2004) por Valparaíso. Con su típica personalidad de buscador empedernido, actual profesor de educación básica en la Escuela de Alto Hospicio, en Iquique, no sé cómo dio con mi paradero.
Al verlo fue como ver de nuevo la tierra del desierto, el valle de Azapa y Lluta, los montes y los caballos por donde anduvo Pedro de Valdivia fundando pueblos desde Tacana hasta Cosayapu. Se alojó en mi casa y luego viajó al sur. Volvió y se encontró de nuevo conmigo en la Feria del Libro de Viña del Mar. Bebimos varios vinos para recordar lo vivido. Yo era, por aquel entonces, presidente de la Sociedad de Escritores de Chile Versión Valparaíso.
Es por esto que al paso de los años volví a tomar este libro de más de cuatrocientas páginas. Texto que estaba escondido en un rincón de mi nueva biblioteca y que me reclamaba. Y ahora al tocarlo veo la imprenta de Mayo Muñoz, esa imprenta artesanal, esas manos religiosamente en función de la poesía, y en donde una dedicatoria me dice, tras no habernos visto por más de 10 años: “A Carlos Amador Marchant, desaparecido en acción”.

martes 11 de agosto de 2009


Plaza Condell de Iquique antiguo


ATRAPADO EN EL DESIERTO DEL NACIONAL
Escribe Carlos Amador Marchant


Los encuentros están en todos lados. En el sur, norte, este u oeste, pero siempre aparecen, siempre, por más que uno quiera cerrar los ojos.
Pienso en quienes se perdieron por tantas cosas. En aquéllos tragados por la vida o por los seres de este planeta. Lanzo, al mismo tiempo, lianas a un pasado reciente, buscando y encontrando otros días.
Década del 60. Diez años de vida. Estaba en Iquique, el legendario, y era asiduo a los cines. Se trataba del Iquique deprimido, con la pobreza cayendo de los poros como transpiración eterna. Y los estudiantes más allá, los estudiantes del Liceo de Hombres de la calle Baquedano, alzando brazos en protestas por tanta depresión.
Esos jóvenes se apretujaban en una gran casona de madera a cuadras del océano. Todos tienen, los de esa generación, la tristeza de días aciagos y de podredumbre. Pero eran guerreros estos iquiqueños, y flameaban siempre en sus hombros los triunfos deportivos de esos tiempos. No se las venían con cuentos.
Por la cercanía a mi casa de niñez, siempre mis pasos se desplazaron hacia el teatro Nacional. Estamos hablando de un edificio inmenso ubicado frente al Mercado Municipal, lugar deprimente donde los hombres vendían productos extraídos de chacras enclavadas en el desierto. Eran lugares del antiguo Iquique, aquel que sólo llegaba hasta la población Caupolicán, en honor al gran toqui araucano
Iquique, Iquique, el lejano, el desprovisto, el lleno de historias penosas, hoy es una ciudad cosmopolita y de miles de habitantes.
Hablo de la ciudad del pasado, de un puñado de años que son nada con la conformidad del mundo, pero que a la larga, en la vida de los humanos, viene siendo como el pasado del pasado.
Estoy hablando de góndolas en las calles, de paseos a la playa con carpas, de canciones de Lucho Barrios en medio de la soledad vespertina, de bares con puertas al estilo oeste norteamericano.
Hablo de los años sin televisión, en que sólo la radio era el instrumento para poder pasar días de existencia humana. Estoy, al mismo tiempo, hablando de radioteatros que mantenía a la gente pegada a ese aparato de tubos eléctricos donde salían voces y anécdotas. Hablo de los aciagos episodios del Capitán Silver (tenaz trabajo norteamericano para atajar los movimientos sociales en el continente), del Doctor Mortis, tenebroso personaje que atemorizaba a la gente hasta para salir al patio en medio de la oscuridad de la noche. En fin, estoy hablando de la pobreza de mi patria por aquel entonces, de las casas olor a maderas húmedas y apolilladas, del olor a gatos en los escondrijos.
Pero el cine Nacional era mi tema, el teatro cine, mejor dicho.
Yo conocía toda la cartelera. Por lo menos así lo ha recordado mi hermano mayor quien me iba a buscar a las galerías del lugar.
El teatro Nacional edificado en 1930 era una inmensa casona que albergaba cantidades impresionantes de gente. Tenía tres pisos inmensos. Abajo estaba la platea, al medio el palco y arriba, casi tocando el techo, la galería. A esta última iban a ver películas sólo los rotos de la época, los pobres que gustaban de gastar unas monedas para ver a sus ídolos del momento. Yo era uno de esos rotos.
Mi hermano mayor siempre me buscaba en las galerías. Si bien es cierto nuestro padre nos daba dinero para platea, trataba (tratábamos) de hacer alcanzar más la plata. No me importaba la hediondez de esos espacios. Él sólo gritaba ¡¡Carlos¡¡ y yo respondía ¡¡estoy aquí¡¡¡…Era el vicio prematuro de las películas. Conocíamos toda la cartelera de filmes anunciados a posteriori.
Eran filas interminables para entrar a ese cine. Los ídolos del momento fueron Joselito, los hermanos Aguilar, Miguel Aceves Mejías. Demetrio González, Enrique Guzmán, Cantinflas, Antonio Prieto. La tecnología nueva podíamos observarla en las primeras series del Agente 007 con Sean Connery. Las mujeres ya comenzaban apenas a mostrar sus piernas y sus senos como la Ursula Andrews saliendo de las aguas del caribe. Los morochos tratábamos de hacernos pasar por hombres de mayor edad, porque esas películas eran sólo para los que tenían más de quince años. Estábamos ya impregnados de Elke Sommer, Natalie Wood, Sofía Loren, Brigitte Bardot.
El teatro Nacional se caracterizaba por sus rotativos, nombre que se le daba a un tiraje de más de seis películas durante el día. Los pobres iquiqueños, en consecuencia, podían estar sentados desde las dos de la tarde hasta las once la noche. Adicto al cine, sin televisión ni Internet, por cierto, me la pasaba casi todos los días, después de salir de clases, en ese lugar incluso viendo películas en blanco y negro aburridas hasta el alma.
El teatro Nacional tenía tres pisos, ya lo dije, y era inmenso en su interior. La platea, donde por lo general iba gente encopetada, sufría los estragos de quienes se situaban en las galerías. Estos últimos lanzaban chicles hacia abajo e incluso escupitajos en franco repudio contra quienes se creían ricos en un Iquique pobre y andrajoso como las ratas.
El teatro Nacional me trae carteleras puestas en cada parte de los murallones, afiches con colores atractivos y risas de artistas que a veces uno quería tocar. Eran las noches tibias por donde la gente transitaba para erradicar la tristeza. Por otra parte aquel reducto, cuando pasaban películas taquilleras como las de Joselito, dejaba ver filas interminables que rodeaban aquella arquitectura como verdaderas culebras. No sólo las colas eran el problema, sino el modo de ingresar al recinto. Porque éste poseía pequeñas puertas de entradas donde la turba se golpeaba, lanzaba patadas y escupitajos para agarrar un mejor espacio donde deleitarse con sus ídolos.
Pero eran casi mis últimos días en esa ciudad que me embadurnó con pobreza, la ciudad de los locos, el reducto de las bellas prostitutas de la calle Thompson. Era la ciudad de los locos feroces y las hermosas prostitutas. Locos como El chilenito que atravesaba la calle Baquedano y se introducía por la Plaza Brasil, vianda en manos, a pata pelada y riendo como niño. Al paso de los años, en medio de tanta vida y de tanta pobreza, no logro entender cómo algunas personas confiaban en el chilenito y le entregaban esta responsabilidad de llevar el almuerzo a algunas casas. La loca de los gatos era la otra mujer que asolaba las calles del centro antiguo de la ciudad, repugnante personaje que olía a mierda a más de una cuadra, seguida por más de diez felinos que amaban la crueldad y el despojo humano. Ni hablar del Chancho que, de sólo pensar por qué le pusieron aquel sobrenombre, puedo recordar la más atroz de las miserias, sólo comparada con la obra de Víctor Hugo. El Chancho dormía debajo del edificio donde yo vivía, y cuando lo pillaba el sol de amanecida, lanzando la hediondez por más de quince a veinte metros, la gente lograba ver a ese infeliz manchado de un color negro completo, rodeado y devorado a pausas por miles y miles de moscas del desierto. Los locos del legendario Iquique eran muchos, como también eran muchas las mujeres hermosas que ejercían la prostitución en la calle Thompson. Eran tantas y tantas las mujeres bellas, que en más de una oportunidad me pregunté cómo un lugar que generaba tanta pobreza, era capaz al mismo tiempo de procrear hermosuras tan iluminadas.
Me crié en esos contornos del teatro Nacional, pero mis días estaban contados en la ciudad histórica. Más tarde seguirían mis pasos por la vecina Arica, cercana a la frontera peruana.
En el Colectivo Lynch donde viví, frente a la que fue la Intendencia Regional (hoy Palacio Astoreca), bordeando las 11 de la noche del 25 de noviembre del año 1970, producto de una colilla de cigarrillos mal apagada, ocurrió el dantesco incendio del Teatro Nacional. Por esa época la gente acostumbraba a fumar dentro de los recintos. En las ya mencionadas galerías, o “galuchas” como le llamaban, por más que los guardias aparecían con linternas, el olor a tabaco barato era el mismo demonio. Testimonios de época confirman que esa noche había asistido escaso público al teatro, salvándose de la masacre. Pero desde el tercer piso del colectivo Lynch pude ver junto a un centenar de gente las llamas que iluminaron Iquique por todos los contornos. Junto a esas horas de pánico se iba también una larga historia de películas y artistas que pasaron por ese escenario. Se trataba de un teatro grande, histórico, situado entre las calles Sargento Aldea, Amunátegui, Barros Arana y Thompson. El incendio se llevó por otra parte gritos, efervescencias, alegrías y el furor de la turba en miles de jornadas por seguir adorando a sus ídolos.
Toda la historia del gran Teatro Nacional cayó a pausas esa noche del 25 de noviembre de 1970. El recinto también se llevó una serie de casas comerciales y restaurantes emblemáticos de los alrededores. Había sido una historia viva de los iquiqueños. Fue, por otro lado, el reducto de los pampinos pobrísimos del 60, un lugar que se negó a conocer la historia que vendría más adelante, llena de represiones y muertes.
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domingo 2 de agosto de 2009








Los muertos hablan: Iglesia de La Compañía
Escribe Carlos Amador Marchant



Siempre al caminar por los alrededores de la Plaza de Armas de Santiago, me pregunté por qué un aire frío recorría los contornos de mis piernas, una especie de bruma o no que salía invisible y decía cosas indescifrables.
Algo similar me ocurrió hace mucho tiempo, en los años de mi niñez, por allá en 1963, cuando estudiaba mi primaria en la Escuela Santa María de Iquique. Nada sabía por aquel entonces de la matanza de obreros en ese mismo terreno donde fue edificada la escuela. Sin embargo, era el mismo aire, era la misma bruma que llegaba a golpearme el pecho, la espalda.
Era mejor no saber, por cierto, de muertes y sufrimientos humanos. Era mejor no saber en su momento.
En Santiago, insisto, me ocurrió lo mismo, mucho antes de indagar sobre los muertos en los alrededores de esa plaza, en los alrededores de esas calles del actual centro de la capital chilena, donde se originaba, sin duda, la vida del siglo 19.
Mucho más tarde de estas sensaciones, muchas más aguas turbulentas pasando sobre ríos, indagué sobre los sucesos de la Iglesia de La Compañía, construida por los jesuitas tras toda una historia misionera en los territorios de nuestro país.
Si bien es cierto que al paso de los años mucha gente sabe de estos sucesos, también hay que decir que un gran porcentaje de habitantes nada atisba al respecto. Me ocurrió, precisamente, en una biblioteca pública, donde una funcionaria administrativa al consultarle sobre algún texto indagatorio de este tema, puso cara de interrogación y me consultó si le estaba preguntando sobre alguna calle de Valparaíso o de otra ciudad nuestra. Es decir, no sabía absolutamente nada.
Estoy hablando del gran incendio de la Iglesia de la Compañía de Jesús en Santiago de Chile, hecho acaecido en el mes de diciembre de 1863.
Tema apasionante que, tal vez, me permitió conocer hace muchos años cómo se van dejando en el olvido temas que no se pueden olvidar. No conozco el libro de la licenciada en arte Carolina Romo, quien hizo su tesis trayendo al presente este hecho, pero esas sensaciones de las cuales hablé al comienzo de estos escritos, dicen precisamente que esas almas sufrientes, de manera alguna dejarán que sus muertes queden en la nebulosa.
Son las calles Compañía y Bandera las señaladas al paso de la historia, como los lugares fijos donde se hallaba la Iglesia de la Compañía. Unas semanas después de ocurrido el incendio, por decreto ley, se exigió la demolición total de aquel reducto que lo único que hacía era traer recuerdos de los acontecimientos trágicos ocurridos nada menos que dentro de una iglesia.
En el mundo de la época, en el mundo de las comunicaciones escasas, de las tardías comunicaciones, Chile logró ser conocido por esta masacre y además por los minerales que se exportaban al extranjero.
Pero todo esto fue silenciado al transcurrir de los años, y hay muchos historiadores que se preguntan por qué una de las tragedias más grandes de la historia, en cuanto a incendios se refiere, por la cantidad de almas que sufrieron, por la cantidad de cuerpos carbonizados, fue de alguna manera tapiado en el real sentido de la palabra.
Me causa curiosidad que cada año, que cada 8 de diciembre, el Día de la Fiesta de la Inmaculada Concepción, no se rece en primera instancia por esas 1.800 personas que murieron dentro de esa iglesia.
Hace unos meses, precisamente en el mes de mayo de este año (2009), a raíz de un viaje a la capital de Chile, y transitando por los subterráneos del metro Santiago, me encontré con una exposición de Bomberos. Me impactaron las maquetas que allí se presentaban sobre esta tragedia, acción que está estrechamente relacionada con que después de estos acontecimientos fue creado el primer cuerpo de bomberos de Chile, en Santiago.
La catástrofe en cuestión no sólo grafica las equivocaciones del momento, sino la indiscreción en cuanto a los devotos. Se dice que la gran iglesia no contaba con una cantidad de puertas de salida, es decir, la construcción en sí, majestuosa, adolecía de una real capacidad de precaución en caso de estos accidentes.
El 8 de diciembre se congregó gran cantidad de feligreses, muchos de los cuales entre hombres y mujeres fueron a presenciar y ser partícipes de tan magna ceremonia. Ninguno de ellos, por cierto, imaginó que esos minutos serían los últimos de sus vidas.
El altar y los alrededores estaban sofocados de velas.
Daniel Riquelme, escritor chileno de época, quien escribió sobre este acontecimiento, y quien, al mismo tiempo muere en Europa tan sólo a los 55 años tras una tuberculosis, y quien, además, es tirado a fosa común sin saberse hasta la actualidad donde quedaron sus huesos, grafica los hechos en forma magistral y terrible. En Biblioteca Severín de Valparaíso, sólo se encuentra este libro al cual no se le puede sacar fotocopias por sus páginas endebles. Sólo se le puede fotografiar. Hay que cuidar este texto.
Frente a tal cantidad de devotos que se encontraban en el recinto, una vela cayó al suelo y topó una tela. Las primeras incipientes llamas lograron inquietar a una mujer quien gritó despavorida desproporcionando la tranquilidad. Frente a este panorama de pánico, el resto comenzó a inquietarse hasta provocar una turba. En medio de la confusión, mientras todos comenzaron a correr por pánico, las llamas al mismo tiempo empezaron a agrandarse hasta alcanzar metros de alturas. Mujeres y hombres, niños desprovistos, frente a la confusión fueron pisoteados por quienes pretendían salvarse. Pero las llamas producto de las lámparas de gas hidrógeno se elevaron rápidamente hasta lograr en menos de media hora dominar casi todo el recinto.
Diarios de épocas como El Ferrocarril y El Mercurio de Valparaíso, días después, graficaban los acontecimientos.
Daniel Riquelme da a conocer el pavor del momento. Campesinos de un Santiago de pocos habitantes trataban de lanzar a las puertas troncos para sacar a la gente, pero quienes lograban salir ardían en llamas.
Al día siguiente de la tragedia, el olor de los alrededores de Santiago era inclemente. Y quienes lograron entrar a la iglesia ya sofocada vieron con pavor más de 1.800 personas transformadas en estatuas negras, carbonizadas.
En ese momento ya había llegado a Chile la fotografía, pero estas mismas no eran utilizadas en periodismo. Sólo una persona anónima logró sacar ocho fotos posteriores, las que se encuentran en el Museo del Carmen de Maipú. Hasta la fecha, de esas fotos, sólo han sido autorizadas tres para el público, las que ya se encuentran en Internet.
Estamos hablando de una masacre de gran esfera. Aquel anónimo fotógrafo, quien hizo reproducciones del exterior e interior de la iglesia ya calcinada, si hubiese tenido el permiso de retratar a los calcinados que no fueron tres sino más de mil, pudo haber quedado en la historia. Nunca antes se vio en el planeta morir tanta gente de esta forma, así lo grafica en sus textos Daniel Riquelme.
Los jesuitas iniciaron su caminar en 1539 y llegaron a Chile en 1593 para evangelizar a los aborígenes. Así dice la historia. Sin embargo estos aborígenes eran seres humanos que ya habían llegado a este continente cruzando por el estrecho de Behring más de 50.000 años antes. Es decir que los españoles ni la iglesia misma nunca descubrieron algo, porque todo ya se encontraba en este suelo.
Hablar de las congregaciones y de los jesuitas en especial nos quitará muchas páginas. Eran seres desprovistos, sacrificados, emprendedores al mismo tiempo, excluidos de algunos países de Europa y América.
La Iglesia de La Compañía sigue siendo una incógnita en nuestro país e incluso en esferas celestiales. ¿Acaso fueron castigados los jesuitas? Pero ¿qué culpa tuvo esa gente que murió y a quienes nadie pudo identificar tras esa maligna ceremonia del 8 de diciembre?. Ninguna.
Y los días siguen pasando y corren por carreteras. Sin embargo, nadie ha podido sacarme ese aire, esa bruma helada, cada vez que camino por las cercanías de las calles Compañía y Bandera, tras 146 años de tanto grito y pánico.

Video Carlos Amador Marchant

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sábado 25 de julio de 2009


¿Unamuno o Augusto Pérez?

El pobre Pérez baila con Unamuno

Escribe Carlos Amador Marchant

Augusto Pérez pueden haber miles en el mundo, en la guía de teléfonos, en las escuelas, en los que aún no nacen y que les espera ese nombre, pero a fin de cuentas, es posible que haya uno solo y ese personaje no sea más que una nebulosa de los miles que existen o existirán.
En Chile el apellido Pérez es apellido común y el nombre Augusto..¡¡por favor¡¡ son miles pero ni nombrar a uno que nos sigue penando en tantas etapas de demoníaca represión y dictadura.
Desde muy niño aprendí a escudriñar a este personaje. Es posible que lo llevara en las solapas, que lo maltratara en los caminos y que no lo comprendiera a la manera como se comprende al paso de los años.
Me pongo a pensar si los apellidos tienen que ver con las circunstancias o si, a la inversa, las circunstancias tienen que ver con los apellidos. Si de estas deducciones sale algo imaginable, podría decir que la vida, precisamente, nos muestra una verdadera incógnita.
Lo cierto es que Augusto Pérez nos está mirando tras el espejo y en medio de las nebulosas. Casi estoy detrás de él o casi estamos. Es posible que caminemos por las avenidas y no nos damos cuenta, pero él está con nosotros, es como si ese personaje creado real o ficticio como es la vida, nos acechara en los mismos abismos.
Me desplazo. Las calles son las mismas o han cambiado, pero lo que queda siempre sigue quedando, es como si nada o todo estuviera al compás de las sombras.
Yo me quise suicidar ayer dijo un vecino, pero alguien me lo impidió, alguien como si saliera del no sé qué y que a la larga me guió, o sencillamente yo lo guiaba. Estaba pensando, precisamente en los Pérez, en aquellos que existen y que son comunes, pero que a la larga no lo son tanto.
Permítanme expresar que quiero ser amigo de un Pérez. No recuerdo alguno en mis enseñanzas o educación, o tal vez lo hubo, pero debe haber pasado desapercibido. Es posible que un Pérez haya estado en los pupitres de más allá de la sala de clases. Es posible que se haya sentado al lado mío, pero no lo recuerdo con claridad, y a la larga tal vez yo soy ese tal Pérez que tanto remato en esta crónica.
La diferencia con este Pérez que resalto es que Augusto Pérez, el inventado por Miguel de Unamuno era un hombre de reputación y fortuna, no el pobre de caminos o de dinero que asola en las calles de Chile.
Sin embargo, me interesa escudriñar la personalidad de este personaje, la observación de los vacíos que fecunda la vida y ese tratamiento del amor que a veces soslaya en lo ridículo.
Pérez es inventado por Unamuno aunque él no lo sabe hasta el momento en que piensa suicidarse. No me queda claro si es Unamuno el que existe o es precisamente al revés, que Pérez inventó al escritor español. Lo concreto es que esta novela llamada “Niebla”, editada al comienzo del siglo 20 (1914) y que he leído más de una vez, me vuelve a revolcar el cerebro en la observancia del amor no correspondido o la búsqueda de la mujer sin saber de las impiedades que nos reserva la vida.
Decir que no me gusta la invención de Unamuno en el buen sentido de haber creado a este personaje con todas las miserias del amor, es decir mucho, me quedo más bien con el pensamiento de que el autor de Bilbao se transforma al mismo tiempo en un pequeño Dios.
Las miserias de Pérez, el pobre Pérez, son a veces casi comunes. Decir que las mujeres son todas de esta calaña es mentir; hay hombres también que son verdaderos diablos del contorno.
Pero el tema es por qué Unamuno inventa a un personaje para deletrearlo, para sentir lástima del mundo en cuestión
Unamuno me ha hecho sentir lastimoso al paso de los siglos. Digo siglos porque en él no existen los años y, en consecuencia, la vida misma es una invención de la cual nunca saldremos sanos.
Estoy hablando de los hombres, de los seres que sufren por otros seres, de la suculenta pasión de las pasiones, de los arrebatos que nos entrega nuestra conciencia.
Me he sentido parte de esta Niebla que nunca terminaré de descifrar en mis días, porque Unamuno así lo ha querido y porque Pérez tampoco sabe por qué su creador no es él y él no es el creador. Es decir, estamos hablando a dos voces, del que sufre por invención, y del inventor que sufre al inventar. ¿Se puede decir que Dios nos creó para sufrir como él sufre?. Por ahí vamos.
En el tema del amor Unamuno me sigue dejando perplejo, o tal vez me sigue enseñando que la vida me deja perplejo.
Lo cierto es que este pobre Augusto Pérez sigue vivo aunque Unamuno haya determinado matarlo. Y si el escritor español murió en el año 1936, y aunque en Salamanca se le levantó una estatua de bronce, Pérez sigue vivo en los libros.
Es decir, Unamuno no fue capaz de matarlo definitivamente. Por esta razón creo que Pérez se venga al darle la muerte un 31 de diciembre del año señalado, tras una tertulia con amigos.
Antonio Machado, es quien tal vez mejor grafica la vida de este hombre, al darle sus palabras póstumas: «Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo».