miércoles, 4 de julio de 2012




EL DÍA EN QUE PENSASTE TRASLADAR TUS PROPIOS LIBROS
Escribe Carlos Amador Marchant



Después de más de un siglo en cuclillas (me parece) vengo recién a reencontrarme con el lápiz que dejé detenido sobre el escritorio de la casa. Hace una semana había comenzado a restaurar casi todos los rincones. Es decir, vi libros arrumbados, diseminados, la imagen más viva de una pequeña masacre.
Ahí estaban: Wilde, Tagore, Kafka, Rousseau, Voltaire, Homero, Defoe, en el más completo desorden generacional y de épocas. Poetas y escritores chilenos, latinoamericanos, europeos, en fin.
Entendí en ese momento que las cosas no son tan sencillas como suelen programarse, que los esquemas para readaptar una sala de estudios requiere de la más delicada organización.
Las cajas de cartón, las famosas cajas de cartón, aquéllas que debes conseguir en los grandes supermercados, tienen que llevar diminutas anotaciones, pulcras anotaciones que en algún momento te señalen lo que pusiste adentro.
Entonces requieres de varias fórmulas para salir del paso. Primero, alejarte de por vida de la pereza, entender que cada segundo que pasa son los intestinos que se alimentarán de esa nube negra que significa el traslado de libros.
Todo este cuento de restaurar una sala, me trae el tiempo en que trabajé en una biblioteca universitaria. Por allá, por los ochenta, esas universidades se fusionaban en el norte de Chile y daban paso a una sola Casa de Estudios. Entonces el traslado de textos de un campus a otro, las toneladas de libros, daban paso al caos entre cajones y camiones. Llevar cada una de estas mentes transformadas en papeles, el hacinamiento, la idea de no perder el orden de cada minúsculo trofeo, las clasificaciones, el sudor de tardes y noches enteras. Vi deambular a los grandes pensadores, filósofos, matemáticos, científicos, escritores, poetas, dramaturgos. Los vi caminar descalzos, trasladándose por escaleras interminables, hacinados en cajas de cartón, sacando la lengua entre las hojas carcomidas. Y el problema no era sólo trasladarlos, sino dónde ubicarlos. Meses enteros lo pasamos en estos ajetreos, donde no sabíamos el destino final de estas reliquias.
Me tocó participar, posteriormente, en el ordenamiento de una biblioteca de historia, con una sola profesional autorizada para leer los textos. Sin duda, no se puede catalogar un libro si no se han leído, por lo menos, sus primeras cincuenta páginas. La sala estaba atestada. Eran cientos y miles de ellos. La mitad de sala, correspondiente a donaciones diversas, mantenía una cantidad impresionante de volúmenes sin registros, donde cualquier amante de la lectura, pasándose de pillo, se los podía llevar a casa. Afortunadamente aquí trabajaban dos personas que eran respetuosas de la historia.
El asunto radicaba, más bien, en la lentitud para poder sacar adelante un  proyecto de esa envergadura.
Fueron semanas y meses interminables donde lo único que veía a la distancia eran libros hacinados. Impresionantes colecciones confeccionadas con cuero de vaca, con letras de la época, de más de tres siglos atrás, con ese olor a antigüedad y a tierra detenida, a polvillo que se esparcía silencioso. Veía rostros en cada espacio, sentía en las noches el corretear de hombres diminutos y gigantes.
Los que ahora transitan por la actual Universidad de Tarapacá, no imaginan las maratones locas, el caerse por las escalerillas con las cajas al hombro. Pero era el amor a la palabra, el tratar de conservar aquello que podía perderse en cualquier momento.
Y ahora me encuentro con estos Wilde, Tagore, Kafka, Rousseau, Voltaire, Homero, Defoe, en el más completo desorden generacional y de épocas. Trasladando mis propias cajas, haciéndome espacios en la sala, encontrándome con el lápiz de nuevo, tratando de calmar las aguas de este desorden de olas… universales.


Atrévase a comentar...o bien exponga su preferencia sobre lo que ha leído.... El Editor

2 comentarios:

Mery Larrinua dijo...

....mmmm....creo que no tomaria ahora el lapiz...hay tantos libros para leer....
un abrazo

Carolina Montserrat Cerda Godoy dijo...

Es como trasladar tus huesos. Un abrazo.

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Comentarios selectos sobre el material de este blog.

Sobre ballenas y un libro Estimado amigo Carlos Amador Marchant: agradezco emocionado la mención que haces de mi novela en tu bella y emocionante crónica. Un fuerte abrazo desde España. Luis Sepúlveda(escritor) 24 de julio de 2010 15:03 ........................................................ Sobre ballenas y un libro Estimado Carlos: Gracias una vez más, por cierto, tu blog es uno de los pocos que merecen llamarse literarios. Es sencillamente muy bueno y tus crónicas son estupendas. ¿Las tienes reunidas en un libro de crónicas? Es un género que se pierde con el tiempo. Un fuerte abrazo desde Gijón, Asturias Luis Sepúlveda (escritor) 26-07-2010 ........................................................ Crónica "Dame de beber con tus zapatos". Luis Sepúlveda (escritor) dijo... Querido amigo, como siempre disfruto y me maravillo con tus crónicas. ¿Para cuando un libro? un abrazo Lucho (Gijón-España) 10 de julio de 2011 15:25 .................................................... Sobre Ballenas y un libro Fuertes imágenes de una historia y una matanza, y de un lugar, que sobrecogen. Con pocos elementos, pero muy contundentes, logras transmitir una sensación de horror y asco que no se olvidan. He estado en Quintay varias veces, y sé lo que se siente al recorrer las ruinas de la factoría; mientras uno se imagina los cientos de ballenas muertas infladas, flotando en la ensenada, en espera del momento de su descuartizamiento, antes de ser hervidas en calderos gigantescos e infernales, para extraer el aceite y el ámbar, tan apetecidos por la industria cosmética en el siglo XX , así como lo fue (el aceite) para el alumbrado callejero en el siglo XIX... Crónica muy bien lograda. Un abrazo. Camilo Taufic Santiago de Chile. 27-07-2010 ........................................................ Sobre "Los caballos y otros animales junto al hombre" Tus asnos, caballos, burros y vacas son otra cosa, por cierto, tan cercanos al hombre, tan del hombre. Te adjunto una vieja fotografía de dos palominos que tomé en las montañas de Apalachia, en Carolina del Norte, allá por el año 1983. Encuentro interesante y muy amena la manera en que hilvanas tus textos, siempre uniendo al tema alguna faceta literaria o cultural (en este caso, Delia del Carril, Virginia Vidal, Nemesio Antúnez, Santos Chavez). Hace tiempo te dije que no desistieras de tus crónicas, que van a quedar, y mis palabras fueron corroboradas recientemente por Lucho Sepúlveda cuando él te escribió a propósito de tu artículo Sobre ballenas y un libro: "Estimado Carlos: (...) Tu blog es uno de los pocos que merecen llamarse literarios. Es sencillamente muy bueno y tus crónicas son estupendas. ¿Las tienes reunida en un libro de crónicas? Es un género que se pierde con el tiempo. Un fuerte abrazo desde Gijón, Asturias. Lucho". Y eso digo yo también, que tus crónicas son estupendas. Te escribe desde Benalmádena, Málaga. Oliver Welden (poeta) 21 de agosto de 2010 ...................................................... Sobre "El corcoveo de los apellidos..." ¡Notable, muy bueno! Escribir sobre la configuración de su nombre, con esa transparencia en el decir es algo que se agradece, precisamente en un pequeño universo donde lo que más pareciera importar es "el nombre". Además, esas referencias a los escritores nortinos siempre son bienvenidas, pareciera que no siempre ellas abundan en la crónica y crítica nacional. Ernesto Guajardo (Valparaíso-15 noviembre-2010)

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